viernes, 22 de diciembre de 2017

Podemos ir al infierno por criticar

Todos los que me odian se juntan para murmurar contra mí; imaginan de mí lo peor: Le ha sobrevenido una peste maligna; se acostó y no volverá a levantarse.Hasta mi amigo, de quien me fiaba, que comía mi pan, ha alzado contra mí su calcañar. (Salmo 40) 

Hace unas semanas cuando acudía a mi trabajo con uno de los coros que dirijo, al subir al lugar en el cual ensayamos, cuyo acceso es por una escalera estrecha que sólo permite subir de uno en uno, me situé detrás de dos “coralistas” que no repararon en mi llegada. Su conversación versaba sobre mí, iban murmurando, dándole a la lengua sin freno, practicaban el conocido “deporte” de la crítica. No pude escuchar toda la conversación pero me la imagino por el final, una de ellas le dijo a la otra “y a mi ya puede mandarme callar las veces que sea que no pienso hacerle ni caso, voy a hablar lo que me de la gana”. Al decir esto miró para atrás esperando el asentimiento de su compañera y se dio de bruces con mi mirada, en ese momento las dos miraron para mí y la que permanecía en escucha dijo, “no estábamos hablando de ti, de verdad que no”, lejos de sentirme ofendida, me sentí inundada por la pena de la bajeza a la que llega el ser humano. Esto sucede en un coro de Iglesia y no precisamente de niños, sino de adultos hechos y derechos. 

Según el diccionario de la real academia española, para la palabra criticar encontramos dos definiciones distantes y distintas entre sí, una que hace referencia a analizar pormenorizadamente algo, por ejemplo una crítica de una película, de una obra musical y la definición que hace referencia al tema que nos ocupa: “hablar mal de alguien o de algo, o señalar un defecto o una tacha suyos”. Por lo tanto, cuando nos referimos a esta segunda acepción, hablamos de una conducta pecaminosa, ¿por qué? Muy sencillo, entre otras cosas, tenemos obligación de amar al prójimo como a nosotros mismos, por lo tanto, cuando hablamos mal de otros, no estamos amando, sino odiando. Tenemos también el octavo mandamiento de la Ley de Dios que nos dice, “no dirás falso testimonio ni mentirás”, el cual hace referencia a la calumnia. 

El hablar mal de una persona se llama maledicencia y esto lleva al pecado de detracción, es decir, le quitamos a una persona su buena fama. Recuerdo la película de William Wyler, “la calumnia”, en la cual una alumna maliciosa y vengativa acusa a sus profesoras de un hecho grave pero inventado por ella misma en venganza por un castigo, las consecuencias son funestas. Es una película, pero todo esto sucede en la realidad, a nuestro alrededor. Podemos ver diariamente en los periódicos muchas falsas noticias creadas desde la rumorología, no basadas en hechos contrastados y fidedignos y que por desgracia, pasado el tiempo, cuando se demuestra que no son verdaderas, ya no se puede reparar el daño causado a la víctima. 

En la historia de la Iglesia todos los grandes Santos nos invitan a refrenar la lengua, se empieza con una conversación simple y acabamos hablando más de la cuenta. Por ejemplo, nos encontramos a la vecina y empezamos hablando de si hace sol o llueve, para pasar a comentar que “Mari Pili está muy guapa últimamente”, a los dos minutos se añade que “se arregla mucho más que antes”, pasados diez minutos ya estamos en la fase en la que Mari Pili ha abandonado a su esposo y tiene un amante y a juzgar por la barriga parece que está embarazada. No miren para otro lado, somos nosotros y es nuestra lengua la que se desata sin freno. Si un miembro nos hace pecar, cortémoslo…se entienda, corrijámonos. Cuántas tertulias de barrio empiezan de manera inocente para acabar quitando la buena fama de las personas. 

“La detracción, pues, interna del prójimo se comete por los juicios temerarios, y aun por las sospechas y dudas mal fundadas acerca de su conducta y bondad moral. Non loqueris contra proximum tuum falsum testimonium ; en estas palabras no solamente se prohíbe toda injusticia, ó injuria que se hace al prójimo por palabras, sino también la ofensa que se le hace con el corazón, y pensamientos interiormente con juicios temerarios, sospechas, lo cual también va contra la virtud de la justicia” (Prontuario de la Teología Moral, P.F Francisco Larraga). 

Estas actitudes tienen su importancia ya que son pecado y por lo tanto, son impropias de un buen Católico. El alma del que critica deja de estar en estado de Gracia en ese mismo momento. Sucede también que cuando nos enteramos de que han estado hablando mal de nosotros, no ponemos precisamente la otra mejilla para que nos sigan zurrando, no, ¿qué hacemos? ¿no es verdad que en un primer momento nos inunda el rencor y la venganza? Quizás alguno de Vds. esté ya en un grado máximo de santidad y sea capaz de frenar esa primera reacción, pero lo común y normal es que nos entre un escalofrío y ciertas ganas de resarcirnos. No caigamos en ello, el pecado de los demás puede ser como un virus y transmitirse por contagio. Desde el primer momento llevemos la serenidad a nuestra alma para que la venganza y el rencor no aniden ni un segundo en nuestro interior, si queremos ascender en nuestra vida recta no podemos ponernos a la altura del pecador y desatar también nuestra lengua contra aquellos que nos han ofendido, ¿cómo vencer ese impulso? Sencillo, con oración humilde y confiada, así es como el Señor nos devuelve a un estado de calma, supliquemos, roguemos,:“sicut et nos dimittimus debitoribus nostris”. Recemos por nosotros y por los que nos ofenden, láncense al Padre Nuestro inmediato y no “caerán en tentación”, lleven siempre ese salvavidas con Vds. 

“Pon, Yahvé, una guardia ante mi boca, un cerrojo en la puerta de mis labios” (Salmo 140). 

Cuando se habla mal de alguien se puede hacer por varios motivos: envidia, difamación, calumnia (mentir)…desde luego, la crítica o maledicencia, nunca encierra nada bueno, no está san criticón en los altares y si en vez de hablar de la supuesta vida de los demás, nos parásemos a analizar la nuestra, posiblemente caeríamos desplomados. 

“Si se descubrieran nuestros pecados ocultos—que Dios tan misericordiosamente nos ha perdonado—, acaso quedaríamos mil veces por debajo de aquellos a quienes criticamos” (Royo Marín, Teología de la Perfección Cristiana). 

Se puede hablar de los demás para ensalzar sus buenas obras, sus cualidades, incluso para exponer un hecho objetivamente, es decir, estas señoras podrían estar comentando que las mando callar en la Iglesia porque es una falta de respeto y de amor a Dios y finalizar ahí la conversación, pero por desgracia ante las correcciones respondemos con maledicencia en lugar de con bondad y mansedumbre. 

Queridos lectores, el pan nuestro de cada día, nunca mejor dicho, son las conversaciones malévolas, perniciosas e infructuosas, en las que la gente pierde una gran parte de su vida destrozando la reputación de los demás. Es un pecado muy común, en el que se suele caer a diario y que la mayoría de las personas no son conscientes de esta situación o no quieren serlo, ¿Quién le dice al Sacerdote, “Padre, he pecado, he criticado al prójimo, es decir, he hablado de otras personas con malicia y dureza y me he recreado con placer en esa situación?”: Hagamos un examen diario de conciencia antes de dormir, adquiramos el firme propósito de no hablar mal de nadie y vayamos a confesarnos de manera inmediata. 

Estamos en Adviento, que gran ejemplo de rectitud tenemos en José, no se fue con sus amigos a comentar lo que pasaba en su casa, no habló con nadie, guardó silencio, “era un hombre justo” y se proponía a repudiar a María en secreto…en secreto…palabra que se opone a lo que se hace hoy en día. Creo que es un pasaje que nos puede servir para la meditación, lo tienen en Mateo 1, 19. Seamos personas justas como José y frente a la maledicencia, pongamos el silencio. 

Para criticar son necesarias dos personas, uno sólo suele ser muy aburrido. Cuanta gente que se queja de su soledad, lo único que está buscando es un compañero de chismorreos. Con buena intención nos acercamos a realizar una visita de cortesía y nos encontramos con que en vez de un café y unas pastas, nos sirven la vida del vecino en bandeja. Sepan que cuando vamos a visitar a estar personas, tanto estemos en escucha activa, como participando, podemos pecar, aunque sólo asintamos con la cabeza. Podemos ser cooperadores en primer grado, ¡por favor, rechacemos esas tertulias! ¿No nos ponemos vacunas para la gripe y para tantas enfermedades? Pues vacunémonos contra la crítica: no participemos de ninguna manera en esos parloteos barriobajeros, seamos graves en la conversación y evitemos hablar de otras personas sino tenemos nada bueno que decir de ellos y sobre todo, practiquemos más la conversación con el Señor y menos con el mundo sino queremos ser mundanos. 

“Guardaos, pues, de la murmuración, la cual de nada aprovecha, y refrenad la lengua de detracción; porque ni una palabra dicha a escondidas se irá por el aire; y la boca mentirosa da muerte al alma” (Sabiduría). 

¿De qué hablamos en general los Católicos cuando nos encontramos a un amigo, cuando vamos a comer con alguien, cuando salimos a dar un paseo, cuando llamamos por teléfono a nuestras amistades? ¿Son nuestras conversaciones santas o por el contrario, son más propias de gente zafia y ordinaria que vive pendiente de recrearse en la vida de los demás, como si esta fuera una telenovela? Sin lugar a dudas la televisión y los “programas basura”, han sido los que han hecho proliferar todo esto y provocan que muchas personas tengan un modelo de vida inadecuado para un alma que aspira a la santidad, créanme, Santa Teresa de Jesús no llegó a Santa por estar con las hermanas de la congregación rajando del capellán. La televisión está llena de programas en los que se difama y lo peor de todo es que en vez de apagarla o cambiar de canal, muchos siguen como idiotas mirando y escuchando, ensuciando su interior. Este es el modelo de vida que después llevamos a nuestra realidad. En casa de mis padres cuando éramos niños, nos tenían prohibido hablar de la vida de los demás y a la gente que lo hacía se le señalaba públicamente como “cotilla”, nuestros padres nos decían que esto era pecado, pero claro, España aún era Católica o quizás sea mejor decir que nuestros padres vivieron en una España Católica y afortunadamente nos educaron en base a eso. No se puede decir lo mismo hoy en día, cualquier presidente de gobierno que fuese juicioso y mirase por el bien común, erradicaría todos esos programas basura que llenan la parrilla televisiva. 

Un buen Católico debe saber que peca gravemente al difamar a otros. No seamos hipócritas, criticar es matar, es destruir, es destrozar a una persona, es dispararle por detrás. ¿Qué queremos tener en el alma, a Dios o al demonio? 

“Las almas que se aburren estando a solas; que necesitan la compañía de los demás para dar rienda suelta a su incontinencia verbal, que no saben ni quieren reprimir; que abruman a sus desgraciadas víctimas con charlas tan insulsas como inacabables; que están al tanto de todo, lo saben todo, lo comentan y critican todo, etc., etc., ya pueden despedirse de la perfección cristiana.” (Royo Marín, Teología de la Perfección Cristiana). 

La señora que me ha servido de ilustración para el artículo, ¿recuerdan? la que contestó tan rápidamente que no estaba hablando de mí, bien, esta mujer es una experta en la materia, en otra ocasión anterior entrando yo en la Iglesia, la vi en el Sagrario, situada aproximadamente a dos metros de donde yo me encontraba, desde lejos la observé hablando con su amiga, mientras otras personas estaban recogidas en oración, no pude por menos que pensar “que pobreza, Señor, no te damos ni las migajas” y en ese preciso momento, como si hubiera escuchado mi conversación interior, miró hacia el fondo de la Iglesia y al verme, vino literalmente corriendo hacia mi y me dijo exactamente la misma frase, “no estábamos hablando de ti”. Como ven es una criticona nata, no es un juicio temerario, es una realidad contrastada. No se rían con la anécdota, el tema es serio, ¡Cuánto daño se hace con la crítica! Pero sepan que el daño principal es al alma de uno mismo. El criticado sólo es una víctima y sino se deja contagiar, continúa en estado de Gracia si lo estaba anteriormente, pero la persona que vierte la crítica, llena su alma de podredumbre, de pecado y esto le puede llevar al infierno. Sí, queridos, no se asusten ni se extrañen pero podemos ir al infierno por criticar y es de justicia Divina que así sea. 

Se habla sin pudor de lo que se ve, de lo que no se ve y uno se imagina, tanto pueda ser cierto como no y de esta manera, destruimos la buena fama de los demás, simplemente por diversión o por mero entretenimiento. Cualquier conversación que se extienda más de lo debido, debería de activarnos una luz en el cerebro para hacernos pensar si estamos en una conversación santa o ya empezamos a divagar. ¿No ponemos el despertador para no quedarnos dormidos por la mañana? Hagamos lo mismo cuando estamos de charla, pongámonos alarmas. Curiosamente miramos el reloj para todo lo que es del Señor, para hacer oración, lectura espiritual (no nos pasemos de 20 minutos), para decir que el sermón fue largo (duró 10 minutos), la Misa, etc, pero para las conversaciones ociosas, nuestro reloj se para, no hay prisa. 

“Os confieso que me quedo asombrado cuando me hablan de una visita de pura cortesía que ha durado una hora y alguna vez más aun. ¿Qué se puede hablar de útil o interesante en toda una hora? Una de dos: o la conversación se alimenta de críticas malévolas o degenera en una charla tan insulsa como enojosa”. (Padre Lejeume). 

Hace algún tiempo recuerdo que en una parroquia, se me acercaron unas señoras, aparentemente de vida piadosa a preguntarme por una historia, cuanto menos desagradable, que hacía mención al párroco y a su buena fama, mi asombro fue mayúsculo y me marché sin dar opción ni a una despedida, ¿Cómo podemos prestar oídos a historias sucias y desagradables que van en contra de nuestra propia santidad y desprestigian a otros? Desgraciadamente muchos párrocos son perjudicados a diario por la lengua de sus fieles, no tenemos parada ni con los Pastores del Señor. 

“Cuánta devoción mal entendida corre como moneda buena por esos mundos de Dios! ¡Cuánta gente ilusa que hace consistir su devoción en cargarse de prácticas piadosas, rezos inacabables despachados rutinariamente, en pertenecer a veinticinco cofradías o en pasarse largas horas en las iglesias, sin perjuicio de que al acabar sus rezos o al salir del templo comiencen inmediatamente a criticar a fulanito o a murmurar de menganita! 

Es el tipo clásico de falsa devota, que confunde la devoción con las devociones, y no tiene la menor idea de la verdadera y auténtica devoción, que consiste en la total entrega de sí mismo a Dios, dispuesta siempre al cumplimiento pronto y exacto de las cosas pertenecientes a su santo servicio. (Royo Marín. Teología perfección cristiana) 

Ya se lo dije en más ocasiones, aquí no hablamos para ateos, hablamos para los que queremos ser Católicos de pura cepa, de una pieza y a diario en los mismos Sagrarios de las Iglesias, se escucha cuchichear y criticar como si estuvieran en la peluquería. 

“Salvando las distancias y acaso también su buena fe, aliada con su ignorancia, se parecen mucho a esta clase de fariseos ciertos falsos devotos que no podrían conciliar el sueño si no hubieran asistido a la novena o a la procesión y no tienen inconveniente en faltar continuamente a la caridad fraterna y a la justicia con críticas, murmuraciones, etc., que tienen bastante más importancia que aquellas prácticas exteriores” (Royo Marín). 

El mismo San Agustín en el comedor mandó escribir un mensaje que venía a decir que no se sentase en la mesa aquellos que criticasen a los ausentes “Quisquis amat dictis absentum rodere vitam, hanc mensam vetitam noverit esse sibi”. En los monasterios mientras se come se escucha una lectura de la Biblia y está prohibido hablar. Sin llegar a los extremos de la vida monástica deberíamos de tomar el modelo de la sobriedad en el discurso. Precisamente en estos días previos a la Navidad en los que las cenas de empresa llevan a todo tipo de exceso, incluido el de la lengua, leía en una revista unos consejos para este tipo de eventos y comentaba el periodista que soltar la lengua de más puede llevar a una persona al día siguiente al despido. Me parece correcto, no se debe hablar mal de nadie y mucho menos de los superiores. 

Evita la perversidad de la lengua, y aleja de ti la maledicencia en el hablar. (Proverbios 4) 

Queridos, estamos en tiempo de Adviento, de nada sirve que pase un año tras otro sino moldeamos nuestro interior, sino arrancamos esas faltas y pecados que nos estropean y afean. Es seguro que María Santísima nunca se entretuvo en conversaciones ociosas, parémonos a pensar de qué hablarían María y José y dejemos que sean ellos nuestro modelo de vida, nuestros maestros de conversación, preparemos nuestras almas para recibir al Niño que va a nacer, construyámosle un pesebre de amor con cada palabra vertida por nuestra lengua, que todo lo que digamos sea santo, como santas y puras eran todas las palabras de Nuestro Señor Jesucristo. 

“El que dice que ama, que rece mas bien en secreto y no critique a nadie. De esa forma su amor será agradable al Señor” (Juan Clímaco). 

Sonia Vázquez 

P.S: Una pequeña aclaración. En el artículo he usado intencionadamente la palabra “crítica” para usar un argot más popular y comprensible, si bien desde un punto de vista doctrinal puede ser impreciso por cuanto realmente sería “murmuración” o “detracción”. Espero se comprenda esta licencia literaria.

Fuente: Adelante la fe.

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