domingo, 25 de febrero de 2018

Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo.

 
Mons. José M. Arancedo
 La Cuaresma como camino de conversión debe tener un ideal, un proyecto en torno al cual orientar nuestra vida.

No es posible cambiar, convertirse, si no tenemos un hacia donde nos dirigimos. Aquí adquiere su importancia el Evangelio de este domingo en el que escuchamos la presentación de Jesús por parte de Dios, su Padre: “Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo” (Mc. 9, 7). El primer lugar de conversión es el encuentro con Jesucristo que nos habla personalmente. Su Palabra no es una doctrina sin destinatario. Siempre debemos volver a ese comienzo de la fe que es la escucha de la Palabra de Dios, en cuanto dicha por el mismo Dios a través de su Hijo. Esta certeza era, para los primeros cristianos, la consecuencia de ese: “escúchenlo”, así nos lo dice la carta a los Hebreos: “Fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús” (Heb. 12, 2).

Lo primero en la fe es escuchar al Señor. Dios no es solo un primer principio, ni fruto de nuestra creación, ni una energía sin contenido: es un Dios que habla, su Palabra tiene un destinatario y espera una respuesta. Dios no se desentiende del hombre que ha creado y lo ama. San Pablo nos recuerda esta necesidad de la escucha cuando les dice a los romanos: “La fe, por lo tanto, nace de la predicación y la predicación se realiza en virtud de la Palabra de Cristo” (Rom. 10, 17). Esto significa que el hombre participa de la fe, con su apertura, libertad y confianza. La fe cristiana, como vemos, se trasmite por el testimonio, en última instancia por el testimonio de Jesucristo, que es el “testigo fiel” (Ap. 1, 5). Por la fe, nos integramos a esa cadena de testigos que la reciben y transmiten. En ello vemos la importancia de la predicación y del testimonio para trasmitir la fe. Aquí, debemos valorar la presencia de la familia y de la comunidad en la trasmisión de la fe.

 La escucha de la Palabra de Dios supone una actitud de humildad y confianza, de libertad y búsqueda que dispone nuestra inteligencia y corazón. En una mente y un corazón cerrados no es posible una actitud de escucha. Siempre vuelvo a la figura de Samuel del Antiguo Testamento cuando decía: "Habla, Señor, porque tu servidor escucha” (1 Sam. 3, 10). Esta actitud es el testimonio siempre actual de quien la recibe con un corazón abierto.

 Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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