viernes, 30 de marzo de 2018

Homilía de Mons. José M. Arancedo en la Misa Crismal (Catedral 28 de marzo de 2018)


 El Evangelio proclamado nos habla, queridos sacerdotes, de nuestra identidad más profunda. No solo somos hijos en el Hijo por el bautismo, somos ministros por el don del Espíritu que ungió a Cristo, sacerdote.

Queridos hermanos:
En este marco tan eclesial de la Misa Crismal quiero saludarlos con las palabras de san Juan, que hemos leído: “Llegue a ustedes la gracia y la paz de parte de Aquél que es, que era y que viene, y de los siete espíritus que están delante de su trono, y de Jesucristo, el Testigo fiel, el Primero que resucitó de entre los muertos, el Rey de los reyes de la tierra. Él nos amó y nos purificó de nuestros pecados, por medio de su sangre, e hizo de nosotros un Reino sacerdotal para Dios, su Padre. ¡A Él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos! Amén (Ap. 1, 4-8). A Jesucristo, “el Testigo fiel”, que es fuente de nuestra fe, de nuestra vida y ministerio, a Él le dirijo con gozo mi mirada agradecida en esta tarde.

 El Evangelio proclamado nos habla, queridos sacerdotes, de nuestra identidad más profunda. No solo somos hijos en el Hijo por el bautismo, somos ministros por el don del Espíritu que ungió a Cristo, sacerdote: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque he ha consagrado por la unción. Él me envío a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la libertad a los cautivos y la vida a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc. 4, 16-21). Somos consagrados por esta misma unción, para ser ministros y testigos de la Buena Nueva. Esta es la verdad de nuestra vocación que da sentido a nuestra vida y misión. 

 Luego, va a concluir: “Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en Él”. Podemos decir que la gente tiene sus ojos puestos en nosotros; no somos estrellas, somos pastores, ellos buscan y necesitan a Jesucristo. Veo en esa mirada afecto y reconocimiento, la gente nos quiere, y lo digo con mis 50 años de sacerdote. De este don no somos dueños, somos discípulos llamados a configurarnos a Cristo, el Buen Pastor.

 Vivimos este sacerdocio de Cristo encarnados en el tiempo donde participamos de su riqueza con sus grandezas y fragilidades; nuestro anclaje, sin embargo, siempre está en el misterio de la elección y en su plenitud, que se vive en la esperanza de la fe. El hoy es importante, siempre nos enriquece cuando lo vivimos desde la certeza del llamado y la conciencia del envío, de lo contrario puede distraernos del camino de nuestra misión. Diría que para vivir nuestra vocación es necesario darle al tiempo, a nuestro tiempo, su plena verdad en ese horizonte trascendente que es signo de un acto de fe que nos ayuda a ser libres, a desprendernos, a discernir el presente y ser testigos de las Bienaventuranzas.

 En este camino de configuración a Cristo, como ideal de nuestra vida sacerdotal, tiene una dimensión central la caridad pastoral. Somos pastores con la responsabilidad de presidir una comunidad y ser en ella principio de comunión y animación misionera. Esto nos habla del valor de nuestra presencia y palabra, como de nuestras relaciones y cordialidad. Siempre veo al pastor como un hombre de relaciones identificado con su misión.

 Hay un aspecto de la caridad pastoral que es el ejercicio de la autoridad, que tiene mucho de sabiduría, de silencio y de espera, porque es parte de ese “amoris officium”, del que nos habla san Agustín. La autoridad del pastor nace, por lo mismo, en esa intimidad fecunda con el Señor que lo dispone espiritualmente a ejercer su ministerio. No podemos dejar de presidir, de animar y de ser, en un sentido los primeros, pero no los primerísimos. Presidir es integrar, participar, delegar funciones pero no responsabilidades. El ejercicio de la autoridad es un servicio a la comunión, que es un rasgo propio de la caridad pastoral no exento de cruz. Por ello, les diría, que una cruz que no se viva junto a la cruz de Cristo y con la esperanza pascual de la fe, nos agobia, nos victimiza y nos encierra. El ejercicio de la autoridad es para el pastor una dimensión de su paternidad sacerdotal. 

 Deseo señalarles otros aspectos que considero valiosos y que hacen al nivel de nuestra vida y ministerio. Hablaría, en primer lugar, de la gratuidad, que es un tomar conciencia del don recibido para ponerlo con generosidad, sin especulaciones, al servicio de la comunidad: “sabiendo, como dice el apóstol, que el Señor los recompensará, haciéndolos sus herederos” (Col. 3, 23). Luego, de una actitud de bondad y misericordia, que nos debe alentar a tomar la iniciativa en la reconciliación, ella es un camino de gracia y de virtud que nos hace testigos del Evangelio. Además, mantener vivo, nuestro fervor misionero y el espíritu de austeridad, el pastor da su tiempo y vive la urgencia y el gozo de evangelizar.

 He considerado importante en mi vida la vivencia de la comunión diocesana, ella nos enseña a  caminar como parte de una comunidad más amplia con sus planes, tiempos y opciones, el pastor no se aísla en sus proyectos. Cuando escribía estas palabras me venía a mi mente, a modo de imagen ideal, la figura de María en su Magnificat,  la humilde servidora consciente de su elección y del don recibido, que nos habla con gozo del sentido de  gratuidad, como de la manifestación del poder y la misericordia de Dios.

Nuestra vida encuentra en el presbiterio y en la amistad sacerdotal un marco al que siempre debemos volver, recrear y cuidar, es un lugar providencial y eclesial que hace a nuestra vida y ministerio. El presbiterio no es algo más que está y que no depende de nosotros, por el contrario, es algo vivo que requiere de nuestra presencia y testimonio, tampoco está para mirarlo y emitir juicios que a veces buscan justificaciones. Su fundamento teológico es la fraternidad sacramental que por la unción nos une a Jesucristo y a nuestros hermanos. La vida del presbiterio es, por ello, un signo de comunión eclesial y responsabilidad pastoral, que da un marco a nuestras relaciones y formación permanente.

 Al presbiterio lo construimos con lo pequeño, crece con actitudes simples en las que el otro es importante para mí, es más, me debo a él; es un saber valorarnos y agradecer, como alegrarnos por el bien de mi hermano y felicitarlo. Así, el presbiterio, es un ámbito de fraternidad y espiritualidad sacerdotal, donde crece nuestro servicio pastoral en la Iglesia. Doy gracias a Dios de haber podido bendecir la Casa Sacerdotal San José, ella hace y hará a nuestra vida y debe estar presente como algo que nos pertenece y acompañamos.

 Queridos hermanos, tal vez sea mi última Misa Crismal como Arzobispo, por ello aprovecho esta celebración para dar gracias a Dios por el tiempo vivido entre ustedes. También a los queridos diáconos, religiosos como religiosas y laicos, a quienes mucho debo agradecer, los animo a fortalecer con su presencia la vida de una iglesia que los valora y necesita. A ustedes, el Señor los llama y los envía.

 Consciente de mis límites, como de no haber respondido siempre a las necesidades y expectativas que han tenido y esperado de mí, solo me queda pedir perdón y encomendarme a la caridad y oraciones de ustedes. Pongo a los pies de María Santísima, Nuestra Madre de Guadalupe, el camino y el futuro de esta amada Arquidiócesis de Santa Fe de la Vera Cruz. Amén

 Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz          

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