domingo, 18 de marzo de 2018

Si el grano de trigo no muere no da fruto

Mons. José M. Arancedo   
     
"La imagen del trigo que con su muerte da frutos, la podemos referir a nuestra vida".

En este 5°domingo de Cuaresma el evangelio nos anticipa el significado de la Pascua: “Señor, queremos ver a Jesús” (Jn. 12, 21), es la pregunta que le hacen a uno de sus discípulos. Jesús, a este pedido, les responde con la imagen del grano de trigo, que si no muere no da frutos. Es común en él el uso de figuras para expresar su pensamiento. Ello significa que será con su muerte y resurrección cuando se nos manifieste plenamente en su misión de Hijo de Dios. No tenemos que lamentarnos, por ello, de no conocerlo en la carne, como diría san Pablo (2 Cor. 5, 16), sino alegrarnos de conocerlo a Jesús por la fe en su palabra y en su presencia viva de los sacramentos en la Iglesia.

La imagen del trigo que con su muerte da frutos, la podemos referir a nuestra vida. Nos cuesta hablar de la muerte cuando no tiene horizontes de vida. Hemos sido creados con un destino trascendente que lo vivimos en la esperanza de la fe: la muerte no es última palabra: “Creo que mi Redentor vive y que en último día veré a mi Salvador y lo contemplaré con mis ojos”, es la palabra con la que despedimos a un hermano que ha muerto. Esta oración se fundamenta en la Pascua de Cristo. Todo lo que acontece en él, sobre todo, su muerte y resurrección es la fuente que da sentido a la vida del hombre. Siempre recuerdo la frase del Concilio Vaticano II cuando nos dice: “el misterio del hombre solo se esclarece a la luz del misterio de Cristo” (G. S. 22).

 Hay un morir, además, que debemos referirlo a todo aquello que se opone a nuestra condición de hijos de Dios llamados a vivir según la verdad del evangelio. Es fácil decirlo, no siempre fácil realizarlo, es decir, se trata de morir al pecado que tiene muchos rostros y al que nos podemos acostumbrar. Cada uno deberá en la intimidad de su conciencia aprovechar este tiempo de cuaresma para reconocer esos aspectos un tanto oscuros que nos impiden crecer en la vida del Reino de Dios, pienso en el egoísmo, el orgullo, la falta de caridad y solidaridad, el odio y el rencor. Pero también, examinarnos en nuestra relación con Dios sea en la oración como en el cumplimiento de mis deberes como cristiano. Morir al pecado es el comienzo de una vida nueva.

 Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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