domingo, 22 de abril de 2018

El Buen Pastor.

 Mons. José M. Arancedo.
 En este 4° domingo de Pascua, domingo del Buen Pastor, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de oración por las vocaciones.

Si bien la vocación a la vida sacerdotal o consagrada es algo personal, ello no significa que sea algo privado, compromete a toda la Iglesia. Así les decía Jesús a sus discípulos: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha” (Mt. 9, 37-38). Esto nos habla de que la vocación tiene su fuente solo en Dios que es quien llama y a un joven mueve a seguir a su Hijo. Podemos decir que es Jesús el que nos dirige su palabra y nos muestra el camino para seguirlo. Escucharlo y tomar la decisión de seguirlo es un acto personal en la que toda la Iglesia está involucrada.

Esto significa que la vocación tiene en Jesucristo su fuente cercana y su modelo único. No podemos crear la vocación sacerdotal ni darle un contenido propio, la recibimos como un llamado y nos toca a nosotros hacerla realidad, darle vida desde el espíritu del Evangelio, pero con nuestra personalidad y en nuestra época. No se trata de imitar sino de encarnar la vida y el mensaje de Jesucristo sacerdote en el hoy de nuestra historia. Por ello, el sacerdocio es una vocación siempre nueva y actual porque está llamada a vivirse como una configuración a Cristo: “que es el mismo ayer y hoy, y lo será para siempre” (Heb. 13, 8). Es para el sacerdote un camino creativo de realización personal y eclesial.

La imagen que nos presenta Jesucristo y con la que él se identifica es la del Buen Pastor, a la que siempre debemos volver (Jn. 10, 11 -18). El Buen Pastor, nos dice, da su vida nadie se la quita, conoce a las ovejas, ellas lo conocen, las cuida, las alimenta, sana a las heridas…, por ello debemos decir que la vida del Pastor se identifica con su misión. Se trata de una vocación de entrega totalizante, en ello está su verdad, realización y alegría. Esto implica un claro discernimiento de la vocación, que no es algo “para un tiempo”, Jesús nos llama para siempre. Aquí vemos la importancia del Seminario como un tiempo de oración e intimidad con el Señor, de reflexión y libertad, de madurez humana, espiritual y eclesial. Toda la Iglesia está invitada a ser parte de este camino de Dios que se concretiza en cada joven que se siente llamado por el Señor para seguirlo.

Reciban  junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Administrador Apostólico de Santa Fe de la Vera Cruz

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