domingo, 29 de abril de 2018

¿Qué piensa en realidad un jesuita? Entrevista y a quemarropa y conferencia. P. Horacio Bojorge, SJ



Por gracia de Dios, como indicábamos hace unos días, tuvimos la dicha de tener al padre Horacio Bojorge, SJ, durante un día entero, para aprovecharlo en una conferencia-balance acerca de su vida.

P. Javier Olivera Ravasi


¿Qué piensa en realidad un jesuita? Entrevista al Padre Horacio Bojorge (parte I)
P. Javier Olivera Ravasi
Buenos Aires, 26 de Abril de 2018

P. Javier Olivera Ravasi: Ud. afirma en el título de las conferencias que viene a dar, que se le han “otorgado poderes” ¿cómo alguien puede estar seguro de poseer esos poderes y cuál debe ser el discernimiento adecuado para entenderlos?
Respondo a lo primero: Por la experiencia. Por lo que Dios hace con uno en la propia vida. Porque Jesús confiere poderes a los que llama cuando los envía. Todo el que ha sido llamado y enviado por Él, es enviado con una tarea, con unos poderes, con instrucciones para el camino, advertencias y garantías.

La Iglesia reconoció que, lo que yo sentía como llamada de Dios al sacerdocio y la vida consagrada, era un llamado (es decir un carisma dado por el Espíritu Santo). Me reconocieron como llamado y me dieron una misión. Misión viene del latín, misio y quiere decir envío. Esa misión se llama también “ministerio” o “servicio” y es conferido por el Hijo a quien el Padre se lo indica.

No es la Iglesia Católica el origen del envío. Jesús revela: “Así como el Padre me envió yo os envío a vosotros” dice el Señor (Jn 20, 21). La Iglesia reconoce la llamada y el envío, no lo da, lo percibe y lo trasmite. Los ministerios los confiere el Hijo, Jesucristo.

La misión del sacerdote es para enseñar lo que Cristo enseñó. Y al enviar, Cristo confiere poderes: poder de infundir la paz, de reconciliar con Dios perdonando pecados y de retenerlos, de expulsar demonios, de sanar enfermos y de resucitar muertos (ya sea del alma como en algunos casos-signo, del cuerpo). De juzgar por su sola presencia a los que los reciben o los rechazan.

El poder de expulsar demonios, supone el poder de reconocerlos y de saber su nombre o exigir que el demonio lo manifieste.

Uno sabe que el poder se le ha concedido porque percibe y reconoce la actuación del demonio y se le da a conocer el nombre. Y ve que ya al sólo nombrarlo y darlo a conocer el demonio es vencido y se disipa su poder, vencido por el poder de la palabra del ministro. Por ejemplo, a mí el Señor me reveló el nombre del demonio de la acedia. Es un término conocido en la tradición bíblica y eclesial pero estaba olvidado y ya no se lo reconocía. Me enseñó cuáles eran sus servidores, sus obras y sus manifestaciones.

Al hablar del demonio, si no se los reconoce, entra a funcionar la imaginación que hace descarrilar la mente apartándola de la realidad demoníaca actuante en la incultura mundana, del príncipe de este mundo. Y el Señor quiso ampliar el poder que me daba mediante libros y videos a los que les concedió una difusión enorme.

Los libros que me dio a escribir sobre el demonio de la acedia, la tentación y el pecado de acedia son long sellers que se vienen vendiendo y reimprimiendo en forma anual y número uniforme desde 1996 a 2018 (22 años). El Señor quiso también que se produjera una serie de 13 videos en el año 2011 que empezó a trasmitirse por el Canal de Madre Angélica EWTN en junio de 2012 hasta hoy (6 años), 3 veces por semana. EWTN es un canal que en esos años estaba entrando en un promedio de 25 millones de hogares. Está, pues, el poder de la luz de la verdad y del proyector que la hace llegar.

El poder de sanar enfermos presupone el poder de saber lo que es la enfermedad y cuál es su esencia. Y la esencia de la enfermedad es el pecado original. Enfermedad viene del latín in-firmitas que es falta de firmeza, o sea debilidad. La fuente de toda debilidad en las enfermedades del cuerpo y del alma es la herida del pecado en el varón y la mujer. Y la debilidad del varón y de la mujer, consiste en que ellos ya no lograron cumplir con el destino que Dios les había dado al crearlos. Fue necesario que viniera el Médico que dijo: “no tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos. No he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Lc 5, 31). Esa es la ecuación entre enfermedad y pecado que establece el Señor mismo.

El Señor me mostró y enseñó cuáles eran los efectos del pecado original en el varón y la mujer; cómo esto frustraba la bendición-mandato y mandato-bendición dados a ambos en el principio: “Creced, multiplicaos, llenad la tierra y gobernadla”.

El discernimiento adecuado para entenderlos es también un poder para conocer, un poder del orden del conocimiento. Este conocimiento va junto con la comprensión de las Sagradas Escrituras y del lenguaje revelado por Jesucristo. Porque si no se entiende el sentido literal de la Escritura se ignora lo que Cristo vino a enseñar y uno tampoco lo puede predicar. Y por lo tanto su palabra no tiene el poder para sumergir en el conocimiento personal y vivo con las divinas personas. Por eso Jesucristo envía a enseñar todo lo que enseñó y muestra el cómo agregando “bautizándolas” en el nombre, o sea sumergiéndolas en la relación viva e interpresonal con ellas, por el diálogo y la comunicación de bienes y mensajes, es decir por las inspiraciones y las oraciones.

P. Javier Olivera Ravasi: En ese documental que ud. menciona, transmitido por EWTN, ud. se ha explayado largamente acerca del demonio de la Acedia como el mal de nuestro tiempo. ¿Podría darnos un resumen para combatirla?
El Demonio de la Acedia es un demonio que tiene por malo a Dios, que es el Bien supremo. Acedia es llamar bien al mal y mal al bien. Es un espíritu de mentira y confusión de hechos y palabras. ¿Cómo combatirla? ¿Cuál es la victoria que vence al mundo? Nuestra fe (cfr. 1 Jn 5, 4). A males espirituales, remedios espirituales. La acedia es uno de los pecados que van directamente contra la caridad, es decir, contra el amor a Dios. El amor a Dios exige algunos sacrificios que pueden considerarse adjuntos a un bien. Como es por ejemplo “pagar por lo que uno compra”. El que encuentra el tesoro o la perla preciosa vende todo lo que tiene sin dudar ni vacilar. Pero si uno tiene más apego al dinero que a algún bien, entonces no compra ese bien, porque no quiere renunciar al pecado. Considera que Dios es un mal para él porque tiene que renunciar a sus caprichos o deseos o a su forma de vida… o a hacer lo que se le da la gana, o le impone un sometimiento que sólo el amor puede convertir en unión de voluntades. Por eso el combate del amor pasa por ejercitar la virtud infusa de la caridad. Es decir, hacer actos de amor a Dios, internos y externos. Penitencias y ayunos, renuncias, mortificación de la propia voluntad por amor.

P. Javier Olivera Ravasi: Más de una vez ud. ha sido reconocido por los laicos como una guía segura para el discernimiento de los matrimonios y los noviazgos católicos. ¿Cuál piensa que es el principal motivo por el cual muchos matrimonios no perseveran hoy en día? ¿Se trata sólo de un problema de formación o hay algo más en el “ambiente” cultural?
El Señor me ha mostrado que debido a las penas que son consecuencia del pecado original para el varón y la mujer, la misma capacidad de amarse recíprocamente está herida, debilitada, enferma. Que las pasiones egoístas del varón (predominantemente instintivas como ira animal y lujuria) y las pasiones egoístas de la mujer (predominantemente espirituales y que la vuelven sobre sí misma en lugar de hacerse cargo del otro por amor) hacen que cada uno quiera usar al otro para sus propios fines. El varón quiere tener una casa para tener una mujer. Y la mujer quiere tener un esposo para tener una casa. Así que sin duda alguna, las penas del pecado original son el principal motivo por el cual muchos esposos son inconstantes en el amor, o ya desde el noviazgo lo han sido, y por eso su alianza no es duradera. El libro del Eclesiastés en su capítulo 4, 9-12, revela que la cuerda doble se rompe fácilmente. Y llama cuerda doble a la alianza de conveniencia entre dos. “Mejor dos que uno, porque si uno cae el otro lo levanta, si uno pasa frío entre los dos se calientan, si a uno lo atacan el otro lo defiende”. Estas alianzas de conveniencia mutua resisten mientras son más las conveniencias que los inconvenientes. Cuando llegan a predominar los inconvenientes, la cuerda doble se corta, se rompe, no resiste. ¿Entonces? La que difícilmente se rompe es la triple. ¿Y cuál es la triple? El tercer hilo que hace fuerte la unión de dos voluntades es que estén entrelazadas con la voluntad divina. ¿Y cuál es ésta? La misión del comienzo: “Creced, multiplicaos, llenad la tierra y gobernadla”.

Cuando varón y mujer se ponen de acuerdo en buscar juntos, no sus propios intereses o pactos de intereses, o proyectos, y se unen para cumplir juntos la voluntad divina, entonces la cuerda difícilmente se rompe, porque las conveniencias y los inconvenientes quedan sometidos a una conveniencia que está por encima de la de los dos, pero en la que los dos están y siguen de acuerdo porque Dios obra en ellos la unión de intenciones de hacer lo que Dios quiere y es lo mejor para ellos.

Es problema de formación religiosa cuando el varón y la mujer no son instruidos en esta verdad y sale cada uno a buscar a quién parasitar para sus propios fines. Y es un problema cultural, cuando la familia ha dejado de trasmitir la sabiduría de Dios. O cuando una generación, influida por la cultura-ambiente, se ha vuelto contra sus padres.

 A sanar esta dolencia del amor humano víctima de los falsos maestros de Hollywood y las novelas y telenovelas, o de las malas compañías y el contagio con los corruptos, o el sometimiento a un alguien tan perverso como atractivo, a esta enfermedad responde el poder que el Señor me ha conferido para entender su esencia, su verdadera naturaleza y cuáles son los remedios. Y el principal es el matrimonio como sacramento. Y el ministerio esponsal que Jesucristo confiere a ambos para ser ministros recíprocos del amor de Cristo a cada uno. El Señor me ha dado esos cinco títulos “La Casa sobre Roca” “¿Qué le pasó a nuestro amor? “El buen amor en el noviazgo”, “El buen amor en el matrimonio” y un ejemplo práctico y accesible en el epistolario amoroso “José y Felicita. Una historia de amor. Cartas”

P. Javier Olivera Ravasi: Ud. ha escrito en los últimos años, acerca de la protestantización del catolicismo. Muchos teólogos católicos, sin ir más lejos, plantean que la Iglesia se ha quedado en el tiempo y que no se amolda a la mentalidad moderna, seguirá perdiendo adeptos. Un ejemplo claro respecto de esto es la interpretación de la comunión para los divorciados vueltos a casar a partir del último Sínodo de las familias. ¿Tiene relación esta corriente moderna con esa protestantización católica?
A Usted Padre Javier le debo y le debemos todos que haya ideado la edición de un libro con esos estudios sobre el proceso de protestantización del catolicismo del P. José María Iraburu, del padre Poradowki, suyos y míos. El tema es un hecho reconocido no sólo desde el gran filósofo católico catalán Jaime Balmes (1810-1848) que fue una estrella fugaz en su breve vida de 38 años en los cielos borrascosos de la primera mitad del siglo 19. Es reconocido ya en las cartas de San Juan y San Pablo. Y también en los primeros padres apostólicos como San Clemente. La convergencia de todos esos vigías y centinelas de la Iglesia nos enseña que el protestantismo no es algo que le venga al protestantismo desde afuera, sino un mal que surge en las mismas entrañas de la Iglesia hasta que el Señor lo ponga de manifiesto. San Juan lo dice que ya han salido de la Iglesia muchos anticristos, que salieron porque no eran de los nuestros (1 Jn 2, 18). Y que esto sucedió porque el Padre los expulsó, luego de estar como cizañas entre el trigo, pero que sucedió para que supiéramos que no todos son de los nuestros. Es decir que estaban sin pertenecer y por eso no permanecieron. Porque uno de los signos de la pertenencia al Nosotros divino-humano es la permanencia en la comunión del Nosotros.

Ahora bien, en ese mismo pasaje, san Juan sólo reconoce dos Nosotros, dos pertenencias y dos permanencias. No améis al mundo, amad al Padre, porque el mundo pasa, pero el Padre permanece. La mentalidad moderna es la mentalidad del mundo. Y la Iglesia no puede ni debe amoldarse al mundo. Jesús oró al Padre en la última cena: “no te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del malo” (Jn 17,15). Detrás de los hechos que Usted maneja en su pregunta, están, para iluminarlos, aquellas palabras de Jesucristo que oponen las dos razas o las dos “generaciones”, la de Dios o la del demonio, la raza de víboras cuyo padre es el diablo.

Los teólogos que se dicen católicos y abogan por la asimilación con el mundo, a estar por lo que nos enseñó san Pío X en su encíclica Pascendi en que dibuja magistralmente el perfil de los herejes modernistas, es que aparecen llenos de “celo” por la salvación de todo el mundo. A consecuencia de este “celo”, los asalta una impaciencia que les hace ver como culpables a los fieles y a la doctrina de la Iglesia, como si ello fuera el obstáculo para la conversión universal.

Estos teólogos han olvidado que el Señor no envió a convertir sino a predicar. Y que además instruyó muy claramente a sus enviados acerca de lo que debían hacer frente al rechazo. Han olvidado las instrucciones y por eso han perdido el poder de irse en paz de donde no los reciben, ni reciben su anuncio. Pero también han perdido el poder de estar en paz con aquellos a los que acusan de ser culpables de la inconversión del mundo. Han perdido, en fin, de vista la diferencia que hay entre lo que Jesús y la tradición bíblica y eclesial califica de mundo, y el concepto no bíblico ni cristiano. De nuevo encontramos la ignorancia del sentido literal de la Escritura por la grieta en que se proyecta en la Escritura el sentido liberal.

Los divorciados y vueltos a casar están en clara contradicción con la voluntad del Padre. La única cosa que podrían hacer para demostrar al Padre que, a pesar de la debilidad de su carne, siguen deseosos de guardar su voluntad en algo que aún les es posible, es en confesarse indignos de recibir el pan de los hijos y sentarse a la mesa de los hijos que sí viven como hijos. Darles la comunión es como aplastarlos con la lápida de la desobediencia total.

(continúa)

Que No Te La Cuenten abril 29, 2018 Entrevistas

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