viernes, 15 de junio de 2018

Canonizaciones e infalibilidad papal

El caso histórico de Santa Filomena. 
P. Javier Olivera Ravasi
“Preciosa a los ojos del Señor es la muerte de sus santos”, reza el salmo 116. Y así es: los santos son modelos, arquetipos, causas ejemplares.
Hoy en día, sin embargo, hay quienes pueden llegar a plantearse: “Pero… ¿quiénes son los santos?”

Muchas veces, el hecho de llevar una vida coherente con el Evangelio, hace que la jerarquía eclesiástica proponga para su veneración a quienes han sido –de algún modo– modelos arquetípicos de vida cristiana, de allí que el Catecismo de la Iglesia Católica diga que

    “al canonizar a ciertos fieles, es decir, al proclamar solemnemente que esos fieles han practicado heroicamente las virtudes y han vivido en la fidelidad a la gracia de Dios, la Iglesia reconoce el poder del Espíritu de santidad, que está en ella, y sostiene la esperanza de los fieles proponiendo a los santos como modelos e intercesores”[1].

Pero… ¿cómo se llega a una canonización?

Según la misma información de la Santa Sede[2], el actual proceso para llegar a la gloria de los altares, es bien diverso al que se realizaba en siglos anteriores. Antiguamente, por ejemplo, bastaba con que un cristiano fallecido gozase ininterrumpidamente de fama de santidad por parte del pueblo fiel para que la Iglesia comenzase, poco a poco, a permitir su culto litúrgico (primer paso para la inclusión en los anales de los santos); luego, con el tiempo –recién luego– podría ser aceptado como “santo”.

Sería los años y los siglos los que harían del proceso algo más riguroso; ya en 1917, por ejemplo, el derecho canónico exigía que hubieran pasado al menos 50 años desde la muerte del fiel antes de que sus virtudes pudieran discutirse formalmente. Se trataba así de asegurar que la reputación de santidad de que gozaba un candidato fuese algo duradero y no meramente una fase de celebridad pasajera o producto de la “opinión pública”.

Veamos esquemáticamente los pasos (normales) para llegar, en la actualidad, a los altares:
1- La declaración como Siervo de Dios: implica que se presente ante el obispo diocesano una “causa de canonización” y que la Santa Sede, por medio de la Congregación para las Causas de los Santos, decrete el “nihil obstat” (nada obsta) para que se continúe con él.

2- Declaración como Venerable: esta parte comprende cinco etapas, a saber, una primera donde se analiza la vida y virtudes del siervo de Dios; es aquí donde una comisión designada por el obispo, recibe los testimonios de las personas que conocieron al Siervo de Dios. Luego de ello se analiza la ortodoxia de sus escritos para pasar después a la redacción del documento llamado “positio”, donde se resumen los análisis y testimonios recabados. Posteriormente, se procede a la discusión de dicho documento por parte de un grupo de teólogos designados al efecto por la Congregación para las Causas de los Santos y los cardenales y obispos dependientes de dicha Congregación. Es entonces cuando, en caso de aprobarse la “positio”, el Santo Padre puede proceder a promulgar el Decreto de las “virtudes heroicas” por el cual el Siervo de Dios pasa a ser considerado “Venerable”.

3- Beatificación: El siguiente paso es exponer que el “Venerable” puede ser modelo de vida e intercesor ante Dios. Para ello, el postulador de la causa (que es quien lleva adelante el proceso), debe probar la fama de santidad del Venerable para lo cual elabora una lista con las gracias y favores pedidos a Dios por los fieles a través de un milagro atribuido a su intercesión. Generalmente, el postulador presenta hechos relacionados con la salud o la medicina pues son más fáciles de constatar. Luego de una ardua investigación donde intervienen profesionales, peritos, médicos y teólogos, si se logra aprobar tanto el milagro como la intercesión de la persona, el Santo Padre decreta en una solemne ceremonia, la Beatificación.

4- Canonización: La primera etapa para la canonización es que se compruebe un segundo milagro sucedido en una fecha posterior a la Beatificación, luego de lo cual, se aprobará el proceso para dar lugar a una ceremonia solemne (en el caso de los mártires sólo se pide un milagro).

 *          *          *

Hasta aquí entonces el proceso actual para llegar a declarar que alguien está efectivamente en el Cielo y que ha poseído, a lo largo de su vida, las virtudes heroicas. La pregunta que algunos podrían legítimamente hacerse es la siguiente:

Dado que se trata, finalmente, de un proceso donde se juega también la historia, es decir, el estudio de los hechos del pasado, y puesto que la historia no es ni una ciencia dura, ni forma parte estrictamente de la Fe o de la enseñanza de la moral cristiana: ¿qué grado de certeza tiene el Papa al declarar “beato” o “santo” a una persona y, por ende, qué obligación tiene un fiel de recibir esa enseñanza?

Pues vayamos por partes.

1) La cuestión de las canonizaciones y su infalibilidad

Como muchos sabemos, el Concilio Vaticano I definió que el Papa goza de infalibilidad cuando “como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral”[3]. La pregunta que varios teólogos serios[4] se hacen es si las proclamaciones realizadas en un proceso de beatificación o canonización se encuentran incluidas en la prerrogativa papal y gozan o no de la infalibilidad del Sumo Pontífice.

Santo Tomás de Aquino –a quien hay que recurrir una y otra vez– se ha ocupado del tema sólo de modo tangencial (lamentablemente). En una de sus obras donde se discuten cuestiones disputadas, plantea que dicha acción del Papa se encuentra en un “medio” entre las cuestiones de Fe y las de ejecución o gobierno (como por ejemplo, la de impartir justicia o dirigir prudencialmente la Iglesia): se trata de  “una creencia piadosa (por lo) que la Iglesia no puede errar en esta cuestión”[5], es decir, en la cuestión de la canonización de alguien (Quodlibet IX, Cuestión 8, art. 16); valga aclarar aquí que al decir “piadosa” se está refiriendo no a un cuento de ancianas sino (la precisión del Aquinate es proverbial) a que dicha creencia se enraíza en la virtud de la pietas, es decir, en una parte de la virtud cardinal de la justicia que hace asentir filialmente las acciones de una madre o un padre; en este caso, el Papa.
En esta misma línea y ocho siglos después, el cardenal Ratzinger, siendo aún Prefecto para la Congregación la Doctrina de la Fe, escribirá en una Nota doctrinal ilustrativa[6] al documento “Ad tuendam Fidei”[7] (documento donde se clarifica el carácter magisterial de los enunciados papales) que:

“entre las verdades relacionadas con la revelación por necesidad histórica, que deben ser tenidas en modo definitivo, pero que no pueden ser declaradas como divinamente reveladas, se pueden indicar, por ejemplo, la legitimidad de la elección del Sumo Pontífice o de la celebración de un concilio ecuménico; la canonización de los santos”[8].

Es decir, este documento planteaba que la misma canonización de los santos declarados por el Papa, “deben ser tenidas en modo definitivo”, por lo que, al parecer, la cuestión quedaría zanjada al haber hablado Roma (Roma locuta, causa finita, se dice en la Iglesia); sin embargo, al ser consultado el mismo Cardenal Ratzinger acerca del carácter de dicha declaración y hasta dónde obligaba a los fieles, respondió que

“este texto no debía ostentar una propia condición vinculante, sino que se ofrecería sólo como una ayuda para la interpretación y, por consiguiente, no debía publicarse en la forma de un documento con autoridad propia”[9].

Es decir, “Roma non locuta, causa infinita…”.

Entonces, la pregunta que podemos hacernos es la siguiente: ¿Por qué el entonces cardenal Ratzinger prefirió que fuese simplemente una “ayuda para la interpretación” y no algo definitivo siendo, como era, un hombre extremadamente cuidadoso y meticuloso en materia de definiciones teológicas? Pues bien, porque el tema (como tantos otros en la Iglesia) aún se discute hoy entre los teólogos serios.

¿Y por qué es que nos encontramos frente a una discusión? Porque lo que se plantea es, entre otras cosas, la duda acerca de si las disciplinas históricas pueden o no entrar dentro del ámbito de las definiciones de fe y de moral y, por ende, de la prerrogativa pontificia de la infalibilidad, independientemente de las eventuales dificultades que el procedimiento de las canonizaciones posea en la actualidad[10].

Es decir: cuando se declara que una persona “poseyó las virtudes heroicas” o “murió a causa del martirio”, ¿en qué ámbito cognoscitivo se encuentra la Iglesia? ¿No es acaso en el campo de los hechos pretéritos? Por ende, la pregunta es obligada: ¿puede acaso alguien pontificar sobre la historia, aun cuando el mismo carácter de “ciencia” le es negado muchas veces a dicha disciplina? Pues he aquí la discusión entonces.

Sin querer entrar de lleno en el tema, presentaremos un caso histórico –existen otros– en el que un santo fue elevado a la gloria de los altares y luego… des-santificado.

Pero antes una aclaración que repetiremos más adelante: el afirmar que la beatificación o canonización no gozarían del privilegio de la infalibilidad papal, no significa que, por ende, se afirme que esas personas no lo sean o no gocen ahora de la visión beatífica, sino simplemente esto: que no se juega aquí la infalibilidad concedida al sucesor de Pedro. Nada más.

*          *          *

2) El precedente histórico de Santa Filomena: una santa canonizada y des-canonizada
Santa Filomena[11] era completamente desconocida hasta el 24 de mayo de 1802 cuando, a raíz de una excavación en las catacumbas de Santa Priscila, sobre la Via Salaria Nuova de Roma, un obrero tropezó ante una lápida sepulcral.

La primera reacción hizo que se suspendieran los trabajos de excavación y se diera aviso a las autoridades locales: en este caso, por tratarse de un territorio sacro, fue el mismo Pío VII quien encomendó el reconocimiento y la apertura de la tumba, realizándose al día siguiente del hallazgo. Todo se hizo de acuerdo a los decretos de la Santa Sede establecidos por Clemente IX, más tarde confirmados por Pío IX: una comisión especial, compuesta por cardenales y prelados consultores, fue la responsable de decidir y juzgar la identidad de las reliquias. La apertura de la tumba se realizó a 50 metros bajo tierra, en presencia del obispo Giacinto Ponzetti, prelado examinador, de muchos sacerdotes y laicos.

La piedra fúnebre del Loculus consistía en tres baldosas de terracota que llevaban una inscripción en letras rojas y otros signos reveladores que llamaron la atención de los testigos. La inscripción, escalonada y extendida sobre las tres baldosas, decía:

 lumena + Pax tecum + Fi

 Bastaba, para obtener su sentido, con reponer la primera tableta seguida de las otros dos, de donde se obtuvo lo siguiente:

 Pax tecum Filumena (la paz esté contigo, Filomena)

 El término “Filumena” es en realidad una mala transcripción latina del nombre griego Philomena, por el cual la santa se nombrará a sí misma más tarde, en sus revelaciones privadas.

Antes de la apertura de la tumba, el prelado dio órdenes de verificar si no se hallaba allí algún frasco que contuviese restos de sangre (cosa que los primeros cristianos solían hacer al enterrar allí a los mártires, colocándolo en el exterior de la tumba e incrustándolo en el revestimiento del yeso externo). Un obrero entonces, provisto de una herramienta afilada, pinchó el yeso cobertor en una de las extremidades del lóculo y se las arregló para llegar hasta un recipiente que contenía partículas de sangre seca. Allí se dio el primer milagro testimoniado en el proceso verbal que se repetirá varias veces: las partículas de sangre coaguladas que surgían de la ruptura del frasco, al desparramarse, se convirtieron en pequeñas partículas brillantes que reproducían en su totalidad el color del arco iris.

Luego de venerar el prodigio, al abrir la tumba, se halló también allí un pequeño cráneo fracturado y algunos huesos de proporciones delicadas, lo que hacían suponer que se trataba de una niña de doce o trece años de edad.

Se estaba por tanto en presencia de una virgen-mártir (a raíz de la inscripción). La tumba se cerró, se sigiló con tres sellos y se sacó el sarcófago a la luz del día. Afuera, una multitud esperaba; ya en presencia de muchos curiosos, se reabrió la caja y recomenzó el proceso verbal redactándose el documento que fue leído en voz alta y firmado por los testigos del caso. Luego de ser sellados nuevamente por el obispo, los restos fueron depositados en un relicario y colocados en cinco envoltorios diversos: el frasco con la sangre, la cabeza de la santa y tres paquetes con fragmentos de huesos unidos con las cenizas de la carne. Esta caja fue llevada a la custodia general, esperando las órdenes del Papa.

Tres años más tarde, el cura de un pueblito de Italia, en el norte de Campania, cerca de Nola (Mugnano del Cardinale), obtuvo el permiso para que se le otorgasen las reliquias. La traslación, que se realizó en presencia de muchos testigos, tuvo lugar desde el 1º de Julio al 10 de Agosto de 1805, ocasión en la que se dieron varios milagros: una mujer sanó de una enfermedad incurable desde hacía doce años, un abogado fue curado de una ciática que padecía desde hacía seis meses y una noble dama, cuya mano estaba afectada por una gangrena, se vio liberada de la misma. Incluso hubo un prodigio celestial: aunque el cielo estaba cubierto de nubes, la luna apareció rodeada de un círculo luminoso que proyectó, en medio de la oscuridad, una luz inusual sobre el relicario y la procesión.

Al llegar finalmente a la iglesia parroquial de Mugnano, el destino final de la procesión, la santa fue recibida con gran regocijo al comprobarse un nuevo milagro: un niño de dos años a quien la viruela había cegado, recobró la vista luego de que su madre frotase los ojos con el aceite de una lámpara que velaba las santas reliquias.

El poder que se le otorgó a Santa Filomena a raíz de los milagros realizados, fue tan prodigioso que se la llamó “la taumaturga del siglo XIX”, por lo que la Iglesia se vio obligada a admitir su existencia en el cielo (cosa que no ha sucedido con otros santos que, por ejemplo, no han tenido la variedad y profusión de prodigios).

Muchos eran los sucesos extraordinarios, pero nada se conocía acerca de su vida.
¿Quién era esta santa? El sacerdote de Mugnano, Don Francesco di Lucia, exhortó a los fieles devotos de la nueva intercesora que rogasen para que ella misma aclarase cómo había sido su vida, cosa que se dignó hacer por medio de ciertas revelaciones privadas recogidas a partir del testimonio de tres personas distintas, todas ellas irreprochables y dignas de fe (ninguna se conocía entre sí). Luego de algunas apariciones se recabaron los testimonios. El libro que recibió las narraciones obtuvo el imprimatur del Santo Oficio el 21 de diciembre de 1833; entre ellas, la más importante y detallada fue la de la Madre María Luisa de Jesús, fundadora y superiora del Convento de Nuestra Señora de los Dolores, en Nápoles, cuya causa de beatificación fue abierta luego de su muerte, en 1875. Fue a esta santa mujer a quien la mártir Filomena se le apareció en 1832 para revelarle todos los detalles de su vida y su martirio, según los testimonios.

Princesa de una ciudad griega, había sido prometida por su padre al emperador Diocleciano con el fin de mantener la paz con el Imperio. Por su parte, cristiana como era Filomena, había hecho voto de virginidad a Cristo, por lo cual se vio obligada a rehusar el matrimonio por encargo, cosa que enfureció al emperador enormemente. Luego de intentar persuadirla para que renegase de su Fe y de su voto, terminó por hacerla sufrir toda suerte de torturas y luego por decapitarla.

Pero faltaba ahora reconocer algún milagro de modo oficial para poder ser venerada como santa. En 1835, Pauline-Marie Jaricot era una mujer conocida por sus obras de propagación de la Fe y del Rosario viviente. Afectada desde hacía años por una enfermedad incurable, decidió en contra de todo pronóstico, viajar hasta Mugnano desde su Lyon natal, a raíz de las historias milagrosas que llegaban. Durante un alto en su viaje, en Roma, recibió la visita del papa Gregorio XVI quien la encontró consumida por la fiebre; el Santo Padre quería agradecerle el enorme apostolado mariano que esta joven francesa hacía a lo largo de Europa. Juzgándola casi en el trance de la muerte, el Papa le pidió un deseo: que rezara por él y por la Iglesia ni bien llegase al cielo.

– “Sí Santo Padre –respondió la moribunda– lo haré. Pero le pregunto: si al regreso de Mugnano yo pudiese llegar a pie hasta el Vaticano, ¿Su Santidad se dignaría autorizar el culto de Santa Filomena?”.

– “Sin duda –dijo el Papa– ya que se trataría de un milagro de primer orden”.

Pauline-Marie continuó su camino en dirección a Nápoles y llegó hasta el santuario de Mugnano transportada en camilla. Al llegar donde Santa Filomena, contra toda expectativa, se levantó de su camilla y se sintió completamente curada de modo milagroso. Ante la mirada atónita de todos, quiso quedarse allí varios días en acción de gracias al emprender el regreso hacia Roma, dejó su camilla como exvoto (aún visible hoy en día). Al llegar a la ciudad eterna, fue recibida por el Papa que accedió a sus peticiones, no sin antes mandar que se vigilase durante un año el origen de la repentina curación, a fin de que el milagro pudiese corroborado.

Ya vuelta a Lyon, Pauline-Marie Jaricot hizo erigir en la colina de Fourvière, una capilla dedicada a Santa Filomena, enriquecida con una reliquia otorgada por el mismo Papa; con el tiempo, ésta se transformaría en un importante centro de peregrinación popular.

El paso del tiempo hizo que, el 7 de noviembre 1849 el beato Pío IX fuese en peregrinación a Mugnano para proclamar allí a la santa como patrona secundaria de Nápoles; dos años más tarde concedió al clero de Mugnano un oficio litúrgico propio en su honor, favor que, en 1857, fue extendido a muchos otros lugares de la cristiandad.
Fue gracias al santo Cura de Ars, San Juan María Vianney, que, en Francia, el culto a Santa Filomena se extendió rápidamente. El santo cura había conocido a la virgen y mártir por la misma Pauline-Marie quien, regalándole una reliquia, le había dicho:

– “Tenga mucha confianza en esta santa: de ella obtendrá todo lo que le pida”.

Eran tantos los milagros y curaciones que el Cura de Ars decía realizar por intercesión de la santa que exclamaba como en un reproche gracioso:

– “¡Ocupaos un poco menos de los cuerpos y un poco más de las almas!”, y también, “¡si tan sólo pudiera ir a hacer milagros a otros lugares!”.

¡Si hasta él mismo se vio sanado de un mal físico por su intercesión! Fueron estos prodigios los que no cesaron durante todo el siglo XX; el mismo San Pío X le ofreció un anillo de oro y otros presentes de piedras preciosas a pesar de la furia de los modernistas que se oponían a la devoción a los santos.

– “¿Cómo? ¿no veis acaso? ¡El argumento más grande a favor de la santidad de Santa Filomena es el mismo Cura de Ars”! –decía el Papa Sarto.

 Todo esto sucedió hasta mediados del siglo pasado cuando, en 1961, durante la revisión del martirologio romano (libro donde se inscriben los santos y beatos), el papa Juan XXIII firmó el decreto de la Sagrada Congregación de Ritos en el que se suprimía del calendario la fiesta de Santa Filomena, previamente fijada para el 11 de agosto. Tanto el oficio propio como la Misa fueron borrados. ¿Qué había pasado? Pues simplemente se dudaba de la existencia histórica de la santa aunque, oficialmente, nunca se dio una respuesta contundente para tal acto.

En el pueblito de Ars, el santuario observó la consigna y, desde ese momento, no se organizaron más celebraciones públicas en su honor. En Lyon, la capilla construida por Pauline-Marie Jaricot que contenía sus reliquias y su imagen, fue desmantelada.

*          *          *

¿Presión de un sector modernista de la Iglesia? ¿Odio a los santos de parte de algunos prelados provenientes de países protestantizados? ¿Incredulidad? No lo sabemos; lo cierto es que una santa antes era santa y ahora “no lo era” más, al menos en los papeles. Sea como fuere, el caso existió y –repetimos– no ha sido el único en que, durante un tiempo, se veneró como santa a una persona y que, luego, la misma Iglesia, determinó que no se siguiera dando ese culto como tal.

Y repetimos: al afirmar que las beatificaciones o canonizaciones no gozan, a nuestro entender, del privilegio de la infalibilidad concedida al sucesor de Pedro, no se quiere decir que los declarados santos no estén en el Cielo o que no sean modelos para los cristianos, sino simplemente que, al declararlos, no se juega la infalibilidad pontificia.
P. Javier Olivera Ravasi

Junio de 2018



[1] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 828.

[2] http://www.infovaticana.com/como-es-un-proceso-de-canonizacion/

[3]  Concilio Vaticano II, Lumen gentium 25; cf. Concilio Vaticano I, Denz. 3074; Catecismo de la Iglesia Católica, Nro. 891.

[4] Daniel Ols, Fondamenti teologici del culto dei santi, en: AA. VV. “Studium Congregationis de Causis Sanctorum.”, pars theologica, Roma 2002, 1-54; Brunero Gherardini, Su canonizzazione e infallibilità (http://chiesaepostconcilio.blogspot.com.ar/2012/02/mons-brunero-gherardini-su.html).

[5] Respondeo. Dicendum, quod aliquid potest iudicari possibile secundum se consideratum, quod relatum ad aliquid extrinsecum, impossibile invenitur. Dico ergo, quod iudicium eorum qui praesunt Ecclesiae, potest errare in quibuslibet, si personae eorum tantum respiciantur. Si vero consideretur divina providentia, quae Ecclesiam suam spiritu sancto dirigit ut non erret, sicut ipse promisit, Ioann. X, quod spiritus adveniens doceret omnem veritatem, de necessariis scilicet ad salutem; certum est quod iudicium Ecclesiae universalis errare in his quae ad fidem pertinent, impossibile est. Unde magis est standum sententiae Papae, ad quem pertinet determinare de fide, quam in iudicio profert, quam quorumlibet sapientum hominum in Scripturis opinioni; cum Caiphas, quamvis nequam, tamen quia pontifex, legatur etiam inscius prophetasse, Ioann. XI, v. 51. In aliis vero sententiis quae ad particularia facta pertinent, ut cum agitur de possessionibus, vel de criminibus, vel de huiusmodi, possibile est iudicium Ecclesiae errare propter falsos testes. Canonizatio vero sanctorum medium est inter haec duo. Quia tamen honor quem sanctis exhibemus, quaedam professio fidei est, qua sanctorum gloriam credimus, pie credendum est, quod nec etiam in his iudicium Ecclesiae errare possit” (http://www.corpusthomisticum.org/q09.html). 

[6] http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_1998_professio-fidei_sp.html

[7] Juan Pablo II, “Ad tuendam Fidei” (http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/motu_proprio/documents/hf_jp-ii_motu-proprio_30061998_ad-tuendam-fidem_sp.html).

[8] http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_1998_professio-fidei_sp.html

[9] Stellungnahme, Stimmen der Zeit 217 (1999) 169-171 ; la respuesta completa puede leerse aquí: http://es.scribd.com/doc/197631416/152

[10] Alvaro Calderón, Las canonizaciones en el Magisterio de ayer y de hoy (http://panoramacatolico.info/articulo/las-canonizaciones-en-el-magisterio-de-ayer-y-de-hoy). Algo análogo plantea también en su obra La lámpara bajo el celemín (https://es.scribd.com/doc/76675513/Alvaro-Calderon-La-lampara-bajo-el-celemin).

[11] Nos inspiramos aquí en el artículo de Frère Michel de l’Immaculée Triomphante et du Divin Cœur cuyo original se encuentra en http://site-crc.org/2786-infaillible-le-precedent-de-sainte-philomene.html
junio 15, 2018 Que No Te La Cuenten 

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