jueves, 12 de julio de 2018

Confesión: tengo miedo de ser juzgado

Un internauta duda en ir a confesarse, pues teme el juicio del sacerdote, al que conoce bien. ¿Qué hacer? El P. Xavier Lefebvre, párroco de la parroquia Saint-Louis d'Antin en París, responde a las preguntas de Sophie de Villeneuve.

Sophie de Villeneuve: La Iglesia nos invita a recibir el sacramento de la reconciliación. Un internauta de croire.com confiesa su miedo a ser juzgado por su párroco, a quien conoce bien.

X. L.: Es normal. Sobre todo si esta persona forma parte del equipo de la parroquia, tiene que ver con él por cuestiones técnicas o de organización que han podido dar lugar a una controversia… Un párroco no confiesa a sus vicarios ni a las personas que le son demasiado cercanas. Esta persona puede perfectamente confesarse con otro sacerdote. Muchas personas vienen a Saint-Louis d'Antin porque no quieren confesarse con su párroco, que es el único sacerdote de su parroquia y que les es demasiado familiar.

¿Cree usted que es necesaria una cierta distancia con el sacerdote que le confiesa?
X. L.: Sin ser absolutamente necesario, es preferible si la distancia permite al penitente sentirse libre para expresar abierta y claramente sus faltas y su pecado. Pero si se quiere progresar en la vida espiritual, es mejor evitar cambiar demasiado a menudo de confesor. La confesión regular forma parte del crecimiento espiritual. Es necesario escoger un confesor que hable poco, que acabe conociendo al penitente, para que así, en la pequeña exhortación, en los pequeños consejos que pueda dar, sea más justo, más pertinente. Pero es también necesario saber que una confesión no es dirección espiritual.

¿Cuál es la diferencia?

X. L.: La confesión es un sacramento; es, por lo tanto, un acto de Dios, una gracia de Dios, a través de las palabras del sacerdote que dice imponiendo las manos: "Yo te absuelvo de tus pecados". No es el sacerdote quien perdona, es Cristo. Para confesarse bastan algunos minutos. El acompañamiento espiritual necesita más tiempo. Durante una media hora se aborda uno u otro punto de su vida para encontrar con el sacerdote una claridad suficiente para avanzar según la voluntad de Dios. En el acompañamiento espiritual, la persona se pone a la escucha del Espíritu Santo para descubrir cuál es la voluntad de Dios en su vida. Se necesita, pues, un sacerdote que tenga calidad de escucha, que sepa aconsejar, que ore por nosotros y con nosotros. En el sacramento del perdón, se confiesan los pecados y se espera el perdón de ellos.

¿No es deseable separar los dos e ir con dos sacerdotes diferentes?
X. L.: Sí y no, según su estado de vida. Un laico puede disociar el confesor y el director espiritual. Cuando un sacerdote confiesa, está obligado al secreto, evidentemente, y lo mismo el director espiritual. Una vez que la confesión ha terminado, no se vuelve nunca a los pecados que ya han sido perdonados. Una razón para separar confesión y acompañamiento espiritual es que el acompañante no es necesariamente un sacerdote. Puede ser un religioso, una religiosa o un laico formado en el acompañamiento.

Nuestro internauta dice que tiene miedo de ser juzgado. El sacramento de la reconciliación ¿conlleva un juicio?

X. L.: Hay un juicio, pero no es un juicio de condena, es un juicio de salvación. El pecado termina por instalar en nosotros una suerte de proceso psicoespiritual, como un pequeño juez que, con el garrote de la culpabilidad, nos golpea sin cesar en la conciencia, reduciéndonos a nuestro pecado. Nosotros nos juzgamos a nosotros mismos, y nos juzgamos duramente. En realidad, la mirada de Dios no nos juzga jamás. El Salmo 50 dice: «Mi pecado sin cesar está ante mí». Es una palabra profética, pues no dice: «Mi pecado está en mí», o «Yo soy mi pecado». Y, de hecho, yo no soy mi pecado. Si Dios nos perdona es porque no nos reduce a nuestros pecados, Él nos salva de ellos. El juicio de Dios es siempre un juicio de salvación, un juicio de misericordia.

El perdón que se recibe es el de Dios, no el del sacerdote…

X. L.: El papel del sacerdote es discernir. Si una persona viene a confesarme que ha robado un kilo de naranjas, puedo recibir su confesión y darle el perdón. También yo puedo escarbar un poco y preguntarle por qué ha cometido tal acto. Puede que le falten los recursos y tener circunstancias atenuantes. Pero algunos interpretarán mis preguntas como una forma de juicio. El Papa Francisco es muy claro en las directivas que da a los confesores: «No hacer preguntas de curiosidad». Pues la confesión es estar desnudo delante de Dios según lo que se es. Y no tenemos el derecho de jugar con el sentimiento de vergüenza que acompaña al penitente cuando entra en el confesional. Nuestro papel es revestir a quien está desnudo con el vestido de la misericordia.

¿Ha llegado a decir a alguna persona que lo que ha hecho no es pecado?
X. L.: Claro. El sacerdote debe dar luz a las conciencias. Algunas personas muy escrupulosas tienen tendencia a ver el mal en todo lo que hacen.


La Croix en español 14 de febrero de 2018

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