miércoles, 8 de agosto de 2018

Los desarrollos de la doctrina y el magisterio confuso


por Bruno Moreno Ramos
Si hay algo que se puede decir del Papa Francisco es que nunca es aburrido. De forma permanente, tiene a toda la Iglesia en vilo, esperando la próxima sorpresa.

La última, ciertamente, ha sido sonada: nada más y nada menos que un cambio de lo que dice el Catecismo sobre la pena de muerte. En la redacción anterior del Catecismo, se decía, en línea con la doctrina de dos milenios, que la “enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye […] el recurso a la pena de muerte”. Ahora, en cambio, pasará a decir que “Iglesia enseña, a la luz del Evangelio, que «la pena de muerte es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona»”.

Como es lógico, se pueden decir (y sin duda se dirán) muchas cosas sobre este tema (de hecho, yo ya escribí hace tiempo sobre el asunto), así que solo me voy a fijar en un aspecto del mismo que me parece particularmente interesante. Como ya sabrán los lectores, el cambio en el Catecismo viene acompañado de una carta de Mons. Ladaria, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que afirma que el cambio realizado por “el Papa Francisco, se sitúa en continuidad con el Magisterio precedente, llevando adelante un desarrollo coherente de la doctrina católica”.

Esto me ha llevado a pensar en lo que es (y no es) un “desarrollo coherente” de la doctrina católica. Vamos a empezar recordando algo que, en otras épocas, habría sido innecesario, pero que hoy no se puede dar por supuesto: la Revelación terminó con la muerte del último Apóstol. No hay “nuevas revelaciones”. Dios dijo al mundo todo lo que tenía que decir en su Hijo encarnado y ya no puede añadir nada nuevo.

Lo que la Iglesia enseña hoy tiene que ser lo mismo que enseñaba en tiempos de los Apóstoles, porque, si no lo es, significa que se trata de una invención humana, que, por su propia naturaleza, no viene de Dios. Es decir, sería una “novedad”, una “innovación”, palabras que cualquier católico de hasta hace cincuenta años habría identificado inmediatamente como negativas, aunque ahora, asombrosamente, parecen ser el culmen de lo bueno y lo cristiano. Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se buscarán multitud de maestros movidos por el deseo de escuchar novedades (2Tim 4,3).

¿Quiere eso decir que no sirven de nada la Teología, el Magisterio, los Doctores de la Iglesia o los escritos de los santos y que bastaría con leer la Sagrada Escritura porque ya no se puede decir nada nuevo? No. La fe católica siempre es la misma, porque no puede cambiar. Pero se puede (y se debe) profundizar en ella, entenderla mejor, explicarla con más claridad, aplicarla a las situaciones de cada época, etc.

Por ejemplo, ningún apóstol dijo que en Dios había tres personas y una naturaleza, mientras que en Cristo había dos naturalezas y una sola persona, como definieron los Concilios de Nicea, Éfeso y Calcedonia en los siglos IV y V.  Los apóstoles, como se puede ver en el Nuevo Testamento, usaban otros términos para hablar de Cristo y de la Trinidad. Sin embargo, cuando Arrio, Nestorio, Eutiques y otros herejes empezaron a deformar la fe, diciendo que Cristo no era Dios, o que en él se mezclaban la divinidad y la humanidad o que en él había un “yo” humano y un “yo” divino, la Iglesia tuvo que responder, dejando absolutamente claro qué era lo que siempre había creído y seguía creyendo la Iglesia sobre esos temas. Y lo hizo usando los términos más precisos que pudo e incluso inventando otros nuevos cuando fue necesario, como el de persona. Todo ello para que no pudiera quedar ninguna duda sobre el contenido de la fe de la Iglesia, que no podía cambiar.

Las definiciones de Nicea, Éfeso y Calcedonia usaban sus propias palabras, pero para expresar lo mismo en lo que creían los Apóstoles, explicitado, definido, profundizado y aclarado frente a las nuevas herejías. La fe permanece siempre la misma, pero crece su comprensión, a menudo con ocasión de los ataques contra esa fe, que exigen dejar claro un punto de la misma que antes solo estaba implícito porque a nadie se le había ocurrido ponerlo duda.
 
Este tema fascinó, entre otros, al beato John Henry Newman, porque los protestantes acusaban a la Iglesia de haber introducido cosas en la fe que no estaban en la Sagrada Escritura, como el Papado, el purgatorio, la intercesión de los santos o la veneración de Nuestra Señora (es decir, acusaban a la Iglesia Católica de innovar, algo que todos tenían muy claro que no debía hacerse). Newman, sin embargo, siendo anglicano, se dio cuenta de que esas supuestas innovaciones no eran más que explicitaciones y aclaraciones de lo que siempre había creído la Iglesia, igual que se había hecho contra los herejes monofisitas. Y se convirtió al catolicismo y escribió el Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana, en el que reflexionaba sobre ese asunto.

Debe quedarnos claro, pues, lo que es el desarrollo de la doctrina en el sentido católico del término. La doctrina crece, se desarrolla o se profundiza permaneciendo sustancialmente la misma. Si no permanece la misma, es imposible hablar de crecimiento, desarrollo o profundización. Veamos un ejemplo. Mi hijo Esteban crece constantemente, a una velocidad que no deja de asombrarme (How time flies!). Como parte de ese crecimiento, cambian su altura, su fisonomía, sus gustos y sus conocimientos, pero sigue siendo el mismo Esteban al que (¿no fue ayer?) le di su primer biberón y le cambié su primer pañal. Sin embargo, si un día se presentara en mi casa un aborigen australiano llamado Pemulwuy Namatjira y me asegurase que él era Esteban, pero más “desarrollado” o “crecido”, llamaría a la policía para que encerrasen al timador. Otro ejemplo: una bellota germina y se convierte en un minúsculo brote, después en un arbusto, luego en un árbol joven y, finalmente, en un roble centenario, sin dejar de ser la misma planta. Sin embargo, si alguien tala el roble, asfalta el terreno y coloca una farola, ya puede jurarme que esa farola es el roble, que no lo voy a creer.

Una cosa es crecer en la comprensión de algo, siendo ese algo siempre lo mismo, y otra cosa es cambiar ese algo por lo contrario. Lo primero es parte de la Tradición, lo segundo es cambiar la Tradición por otra cosa. No se puede llamar profundización o desarrollo de una doctrina, en el sentido católico, a afirmar lo contrario de lo que antes se afirmaba. Eso se llama negar esa doctrina o cambiarla. Ni siquiera Dios Nuestro Señor podría hacerme creer que negar una doctrina es desarrollarla, igual que no me podría hacer creer que un roble y una farola son lo mismo o que el Sr. Namatjira es Esteban pero “más crecido”, porque se trata de contradicciones del principio lógico de identidad. En ese sentido, no puede considerarse un desarrollo de la doctrina sobre la pena de muerte pasar de “lícita en algunos casos” a “siempre ilícita” o intrínsecamente mala. Simplemente y sin necesidad de grandes teologías, en el nivel básico de la lógica, sería un absurdo sin sentido.

El intento de hacer tragar a los católicos algo así destruiría la razonabilidad de la fe cristiana (que sería lo mismo que destruir esa fe, porque Cristo es la Verdad y el Logos). Como consecuencia inevitable, provocaría el derrumbamiento del edificio entero de la doctrina católica, porque, si se puede “desarrollar” una doctrina cambiando lo que enseña por lo contrario, ¿por qué no se va a poder hacer ese mismo cambio con cualquier otra doctrina? ¿Por qué no vamos a cambiar la doctrina de la resurrección de Cristo por una simple permanencia en el corazón de los discípulos, como han pretendido varios “teólogos” “católicos"? ¿Por qué no sustituir el matrimonio indisoluble por una unión indisoluble mientras dura, pero a la postre disoluble, como quiere el mundo? ¿Por qué no va a decir mañana la Iglesia que en Dios ya no hay tres personas, sino diecisiete y media? Si se rompe la regla de fe de San Vicente de Lerins (quod ubique, semper et ab ómnibus, lo que se ha creído en todas partes, siempre y por todos en la Iglesia), ya no hay barreras para evitar que terminemos creyendo cualquier cosa, por absurda que sea.

Veamos, por ejemplo, lo que dijo sobre este tema concreto de la pena de muerte el Card. Avery Dulles, gran teólogo norteamericano fallecido hace diez años y jesuita, como el Papa:

    “Revertir una doctrina tan bien establecida como la legitimidad de la pena capital plantearía graves problemas relativos a la credibilidad del magisterio. La coherencia con la Escritura y la tradición católica de larga data es importante para la fundamentación de muchas doctrinas actuales de la Iglesia Católica, como, por ejemplo, las relativas al aborto, la anticoncepción, la permanencia del matrimonio y el hecho de que las mujeres no pueden recibir la ordenación sacerdotal. Si la tradición sobre la pena capital se revirtiera, se plantearían serias cuestiones con respecto a otras doctrinas…

    Si, de hecho, se abandonara la doctrina anterior, también se pondría en duda la nueva doctrina. Esa nueva doctrina tendría que considerarse reversible y, por lo tanto, como una enseñanza que no requeriría un asentimiento firme. La nueva doctrina, basada en una comprensión reciente, estaría compitiendo con una enseñanza magisterial que ha durado dos milenios (o incluso más, si uno tiene en cuenta los testimonios bíblicos). ¿No estarían justificados los católicos que se adhirieran a la doctrina anterior alegando que tiene fundamentos más sólidos que la nueva? Los fieles se enfrentarían al dilema de tener que disentir o bien del magisterio anterior o del actual”.

    Card. Avery Dulles, Catholic Teaching on the Death Penalty.
 
¿Se puede negar una doctrina tradicional de la Iglesia sin consecuencias? ¿De verdad se derrumbarían otras doctrinas como un castillo de naipes? ¿Son especulaciones fantasiosas del Cardenal Dulles o se trata de un peligro real? No hace falta que nos lo preguntemos y ni siquiera es necesario que esperemos a ver que pasa, porque inmediatamente, tras el anuncio del cambio en el Catecismo, han surgido las peticiones de que se haga lo mismo con otras doctrinas. Por ejemplo, New Ways Ministry, una organización dedicada a la normalización de las relaciones entre personas del mismo sexo condenada por la Congregación para la Doctrina de la Fe en tiempos del Cardenal Ratzinger, ha señalado inmediatamente lo importante del cambio:

    “Es importante que los activistas católicos en pro de la igualdad LGBT tomemos nota de este cambio, porque, durante décadas, los oponentes de la igualdad LGBT han argumentado que era imposible cambiar la doctrina de la Iglesia. A menudo señalaban que las condenas de las relaciones entre personas del mismo sexto estaban en el Catecismo y, por lo tanto, no eran discutibles ni podían cambiar. Sin embargo, la doctrina sobre la pena de muerte también está en el Catecismo también y, de hecho, para hacer este cambio de doctrina, Francisco ha cambiado el texto del Catecismo

    […] Ahora tenemos un ejemplo claro, explícito y contemporáneo de cambio en la doctrina de la Iglesia y también hemos visto cómo se puede hacer: con un cambio del Catecismo por el Papa.

    […] la cita de Ladaria […] explica que una de las razones del cambio de doctrina es un nuevo contexto social que tiene una nueva comprensión del castigo. De nuevo, este desarrollo resulta favorable a un cambio en las cuestiones LGBT entre los católicos, porque la sociedad ha sido testigo de un tremendo cambio en el contexto social de las personas LGBT, así como de nuevas comprensiones de la sexualidad y de la persona”.

Lo más terrible de esto es que New Ways tiene razón. Si una doctrina puede cambiar y pasar a ser lo opuesto de lo que antes se enseñaba porque ha cambiado la comprensión del tema, entonces cualquier otra doctrina puede cambiar (o “desarrollarse” para decir lo contrario de lo que antes decía). No hay nada que lo impida.

La realidad, en cambio, es que el Papa, cualquier Papa, no tiene derecho a cambiar la doctrina de la Iglesia a su antojo. El mismo Pedro no tenía ese poder, como le recordó San Pablo con mucha claridad, reprendiéndole de forma pública. También lo explicó el Card. Ratzinger: “El Papa no es en ningún caso un monarca absoluto, cuya voluntad tenga valor de ley. És la voz de la Tradición; y sólo a partir de ella se funda su autoridad”. O, si se quiere una voz aún más autorizada, recordemos lo que dice el Concilio Vaticano I:

    “No se prometió el Espíritu Santo a los sucesores de Pedro para que, por sus revelaciones, pudieran revelar nuevas doctrinas, sino para que, con su asistencia, pudieran proteger y exponer fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la Fe”.

Entonces, ¿es eso lo que ha hecho el Papa al cambiar el Catecismo? ¿Cambiar la doctrina, so capa de “desarrollo"? Ojalá lo supiéramos. Otra de las condiciones que antes dábamos de un verdadero desarrollo de la doctrina es que aclarase o explicitase la fe de la Iglesia. En este caso, sin embargo, eso tampoco sucede. Como ya resulta habitual en el magisterio del Papa Francisco, la nueva afirmación es muy confusa. “Inadmisible” no es un término moral ni teológico tradicional, así que no está claro cuál es su alcance. En vez de utilizar los términos tradicionales (especialmente “intrínsecamente malo”), se ha optado por una palabra deliberadamente confusa e imprecisa, que insinua, más que decir con claridad. No sabemos si en esto ocurrirá lo mismo que con los dubia sobre Amoris Laetitia, que años después siguen sin respuesta, pero a día de hoy ya han surgido, ¡otra vez! interpretaciones opuestas.

¿”Inadmisible” se refiere solo a que hoy no es conveniente? Si así fuera, no habría en realidad cambio alguno. Doctrinalmente la Iglesia seguiría enseñando que la pena de muerte es lícita en algunas ocasiones, pero prudencialmente el Papa diría que no le parece que “hoy” (como dijo en su afirmación original sobre el tema: “hoy día la pena de muerte es inadmisible, por cuanto grave haya sido el delito del condenado”) se den esas ocasiones, opinión que los católicos tendrían que respetar pero con la que no estarían obligados en conciencia a estar de acuerdo.

Algunas de las cosas que dice el nuevo texto, sin embargo, parecen indicar que el Papa se está refiriendo a que la pena de muerte es intrínsecamente mala, es decir, que siempre y en cualquier circunstancia es moralmente ilícita. Por ejemplo, si la pena de muerte “atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona”, es muy difícil interpretar que pueda ser moralmente lícita en alguna ocasión. Si es un “trato cruel, inhumano y degradante” apenas puede distinguirse de un acto intrínsecamente malo. En ese caso, el “desarrollo” no sería tal, sino un cambio de doctrina y, como decía el Card. Dulles, por su propia naturaleza sería reversible y no obligaría a dar un asentimiento de fe, de manera que “los fieles se enfrentarían al dilema de tener que disentir o bien del magisterio anterior o del actual”.

Algunos pensarán que, dentro de lo malo, un magisterio confuso es preferible a uno cambiante, pero no puedo evitar pensar que ninguno de los dos adjetivos es apropiado para la enseñanza de la Iglesia Católica. Una cosa está clara: si hace dos años decíamos que la situación de la Iglesia era muy grave, esa gravedad no ha hecho más que aumentar. Dios ilumine al Papa y a los obispos y nos ilumine a todos, porque nos hace mucha falta.


InfoCatólica. 
Espada de doble filo  4/8/18


 

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